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BREXIT, las causas para la salida del Reino Unido de la Unión Europa

Posted in Eduard Alcántara, Política, Sociología on agosto 6, 2016 by vitamilitiaest

Sin duda serán variadas las razones por las cuales una mayoría de ciudadanos británicos decidieron, en fecha 23 de junio, que el Reino Unido abandonase la Unión Europea (British exitBrexit-: ‘británicos fuera’). A la hora de depositar su “no” en las urnas, entre tanto votante unos esgrimirían motivos diferentes a los defendidos por otros, pero sin duda unos argumentos resultarían más concurrentes que otros. Y, sin discusión, hubo uno que resultó determinante y no fue otro que el de pensar que con la negativa a continuar siendo miembro de la Unión Europea (U.E.) se detendrían (o al menos disminuirían) los flujos inmigratorios que tal Estado (como la mayoría de los miembros de la U.E.) ha sufrido y sigue sufriendo. Pues se vivía como una imposición, realizada por las instituciones rectoras de este organismo supranacional, el haber, p. ej., de aceptar cotas de “refugiados” provenientes de países en guerra, como, sobre todo, Iraq y Siria. La percepción, entre amplias capas de la población británica, de que el Reino Unido ya soporta, desde hace décadas, una excesiva cantidad de población alógena y la convicción, para más INRI, de que esta población, básicamente no europea, se hace con la inmensa mayoría de benefits (de ayudas) que las instituciones británicas otorgan han venido provocando una creciente preocupación hacia el tema de la inmigración. Es un hecho contrastable, no tan sólo en el Reino Unido (R.U.) sino en todos los países miembros de la U.E. (especialmente entre los occidentales), que el grueso de las ayudas sociales que en materia de educación -gratuidad de la enseñanza, becas para comedores, material escolar,…-, vivienda -adjudicación de pisos de protección oficial, ayudas económicas para el pago de hipotecas o alquileres o para el de las facturas de agua, luz y gas,…- o ayudas varias a la maternidad tienen a la población no autóctona como destinataria. Este agravio comparativo se percibe de manera más sangrante en épocas de crisis económica. Se palpa como una injusticia de difícil comprensión …y se palpa así en el R.U., pero también en Alemania, en Francia, en Bélgica, en Holanda, en Dinamarca, en Austria, en Suecia o en Grecia; se percibe de igual modo, pues, en el conjunto del ámbito comunitario europeo. En muchos de estos países ya existen elevados porcentajes de población que consideran o empiezan a considerar a sus gobernantes como, en el mejor de los casos, a alguien que ha hecho dejadez de funciones en cuanto a la defensa de los intereses de las gentes originarias (desde hace muchas generaciones) de dichos países. Los hay que consideran a su respectiva clase política dirigente como a simples peleles de las instituciones rectoras del ente comunitario europeo. (Habría que ver, nos preguntamos nosotros, si hasta estos mismos dirigentes de la U.E. no actúan al son de los dictados marcados por conciliábulos situados en las penumbras, e incluso en las sombras, del acaecer ordinario aparente. Habría que preguntarse si los Club Bildeberg, los Consejo de Relaciones Exteriores, los Comisión Trilateral, los Club de Madrid,… no se hallan tras las decisiones tomadas por el Consejo Europeo o la Comisión Europea. Habría, incluso, que indagar sobre qué colectivos o personas manejan realmente estas ‘ instituciones en la sombra’). Los ciudadanos de un país aspiran a que éste sea soberano y se sienten heridos en su orgullo y hasta en su dignidad si en su dirigencia política no ven más que a marionetas de poderes transnacionales. Una mayoría de británicos no quiere que se prolongue este status de sumisión y por eso, en gran medida, mostró su negativa, en las urnas, a que el R.U. siguiera siendo miembro de la ‘Europa de los 28’.

Es muy dable constatar que no sólo motivos de índole económico han empujado a tantos británicos a emitir un veredicto negativo en las urnas el pasado 23 de junio. No sólo la indignación ante el hecho de que la mayoría de ayudas sociales caigan en manos extranjeras o el enojo a que mientras tantos autóctonos no encuentran trabajo muchos foráneos o hijos de foráneos sí tienen un puesto de trabajo. No sólo, pues también muchos británicos en particular y muchos europeos en general parecen estar despertando de un largo letargo que les había, prácticamente, hecho olvidar sus anclajes con la tierra que les vio nacer, sus vínculos culturales con el país al que también pertenecieron sus antepasados, sus raíces, su identidad, su arraigo, su origen. Y este despertar les empieza a tomar conciencia de que su esencia, su idiosincracia, su cultura, su manera de estar en el mundo y entender la existencia e incluso la espiritualidad (para aquéllos que, en un mundo tan relativista y materialista, todavía no le han dado la espalda a ella) no sólo contrastan sino que hasta chocan con el ser de los hombres venidos allende de Europa. Es más, su esencia, su talante y su modus vivendi se hallan incluso en las antípodas del ser y del actuar del paquistaní, del magrebí, del subsahariano o del jamaicano que habita en su mismo suelo. Este incipiente despertar les empieza a ser capaces de ver que su identidad en particular -como persona- y la de su país en general se hallan en serio peligro de extinción si el crecimiento de la población alógena continúa al ritmo de las últimas décadas; ritmo que se debe a dos factores: los flujos inmigratorios que no cesan y el mayor índice de natalidad que tienen en comparación con el de la población originaria del país.

Ante estos peligros tan flagrantes han surgido, a lo largo y ancho del territorio europeo, plataformas, entidades y partidos políticos que han alzado la bandera de la defensa de la identidad y de la no desaparición, no sólo cultural sino hasta física, de la realidad autóctona y han ido creciendo en apoyo social y en apoyo en los comicios electorales. Algunos de estos partidos hace ya décadas que fueron fundados pero su crecimiento se ha hecho más patente en los últimos años. Unos son más conscientes, y otros menos, de dónde hay que retrotraerse para identificar el/los verdadero/s agente/s y/o instituciones y cenáculos que se hallan detrás de toda esta trama que porfía por debilitar -en su conciencia, en sus valores y hasta en su misma supervivencia física- el tejido humano original de cada nación. Otros partidos son menos conscientes de cuáles son estas causas últimas, pero todos suponen un intento, cada vez más serio, de frenar el declive de Europa. Los hay con bases doctrinales sólidas y nítidos planteamientos (como Amanecer Dorado en Grecia o Jobbik en Hungría), los hay más atemperados (como el Front National en Francia, el Partido de la Libertad en Austria, la Lega Nord en Italia, el Vlaams Belang en la Bélgica flamenca o Alternativa por Alemania) y los hay con bases doctrinales que en ocasiones interfieren con las del nefasto liberalismo (que es uno de los motores del actual proceso antiidentitario mundialista), tales como el Partido por la Libertad en Holanda, el Partido Popular de Dinamarca, Demócratas de Suecia, Verdaderos Finlandeses o el UKIP en el R.U.; o, fuera de los países miembros de la UE, la Unión Democrática de Centro, en Suiza. Pero todos ellos con fuerte implantación y altos réditos electorales, frutos, ambos, del cada vez mayor descontento de la población europea hacia el proceso de laminación cultural y étnica que el mundialismo, siniestramente o por inercia disolvente, está llevando a cabo (y no sólo en Europa sino a escala mundial).

Este sector de la población europea que despierta del largo sueño de las “bienaventuranzas” de la filosofía del ‘ciudadanos del mundo’, del mestizaje cultural y físico, del melting pot de lo indiferenciado, del cosmopolitismo homogeneizador de las riquezas de un mundo múltiple y de la globalización que no entiende de identidades no percibe -ese sector de la población europea- una amenaza, p. ej., en el hispanoamericano que, con una cultura muy cercana a la europea y con -incluso- antepasados arribados a América desde el Viejo Continente, se ha instalado en Europa, sino que percibe un serio peligro en el musulmán irreductible a cualquier otra cultura (e incluso agresivo hacia ella) o en otras gentes tan alejadas del talante, del sentir, del palpitar y hasta de los tempos vitales propios de las gentes de Europa. Este sector de la población europea ha podido constatar la evidencia de que ciudadanos con la nacionalidad propia del país en el que residen y que son incluso de 3ª generación (esto es, que fueron sus abuelos los que desde fuera de Europa inmigraron hacia el Viejo Continente) siguen sin integrarse en el mismo y, es más, muestran un rechazo al país en el que viven que no manifestaron, en su momento, los padres de sus padres.

Sin duda, la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de este sector concienciado de la población europea ha sido la de la presente crisis de los “refugiados”, pues se hacen difícil de digerir nuevos flujos masivos de población (sólo en Alemania alrededor de un millón durante el último año), que además es mayoritariamente de credo musulmán (los “refugiados” cristianos cruelmente perseguidos en Siria y en Iraq, por el Estado Islámico representan un porcentaje ridículo), que han sido rechazados por los más cercanos -geográfica y confesionalmente- países del Golfo Pérsico (Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos,…) y que han sido -y son- un coladero de terroristas del ISIS con intenciones de atentar en Europa (como ha ocurrido ya en casos como los de los atentados de París en noviembre de 2.015).

Ante este estado de cosas, ¿alguien se sorprende todavía del reciente resultado del referéndum británico?

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

PRÓLOGO. “EL MITO DE LA HOMOSEXUALIDAD EN LA ANTIGUA GRECIA”

Posted in Eduard Alcántara, Historia, Sociología on julio 10, 2016 by vitamilitiaest

 

La lectura de este libro se hace de obligado cumplimiento para triturar una de aquellas grandes falsedades que ha ido tejiendo la modernidad en torno a la supuesta generalidad de las prácticas homosexuales en la antigua Grecia y de lo más que aceptado que, en ella, estarían dichas prácticas.

Todo ha contribuido, y contribuye, a la propagación de tamaña patraña. Todo empezó, tal como el autor de esta obra nos explica, de la mano de una pléyade de autores decimonónicos que, en el contexto de la Inglaterra victoriana, empezaron a propalar sus peculiares interpretaciones de la historia de la antigua Grecia en base a una especie de leit motiv sobre el que no paraban de hacerla girar; leit motiv que no era otro que el de la supuesta caudal importancia que el fenómeno homosexual habría tenido en sus formas de vida, costumbres, prácticas, maneras de proceder, mitos religiosos, unidades militares, literatos, pensadores y políticos.

El autor nos aclara cuáles fueron las tácticas utilizadas por estos distorsionadores autores. Así, entre éstas destacó la de crear una especie de rumorología que se basaba en no afirmar sus mentiras sino en dar a entender que los hechos y los textos analizados parecían conducir, como conclusión, a la realidad de la extensión de lo homosexual en el seno de aquella civilización. Por esto -nos va comentando nuestro autor- expresiones como la de “parece ser…” representaban un lugar común en sus tergiversadores trabajos.

No se atrevían a aseverar sus falacias por temor a la reacción que pudieran provocar por parte de una sociedad tan puritana como la victoriana que les tocó vivir. Pero el mal ya estaba hecho: los rumores ya se habían lanzado y ya se sabe lo cierto del dicho castellano del “difama que algo queda ….

La eficacia manipuladora de la manera de proceder de estos autores resulta incuestionable, a pesar de que sus “descubrimientos” no tenían otras bases que la de la elucubración abracadabrante, la suposición y la deducción subjetiva y caprichosa que realizaban a partir de hechos, realidades y escritos de la antigua Grecia.

Nuestro desenmascarador autor nos ejemplariza lo manipulativo de las interpretaciones realizadas por aquellos mixtificadores a través del análisis diseccionador de diversos textos clásicos de peso tal como, p. ej., “El banquete”, de Platón. Contrapone las interpretaciones tergiversadoras con un análisis serio, riguroso y lógico de lo que dichos textos expresan y consigue, con este proceder, poner en la más total evidencia a los ´amigos de la mentira´.

´Amigos de la mentira´ que, por desgracia, han tenido continuidad en épocas posteriores a la del inicio de la falsedad objeto de estudio en esta obra, pues otros tomaron el relevo para que el inicial daño hecho no acabara en el olvido y pudiera continuar gangrenando la ciencia histórica.

Sobre todo ha sido en las últimas décadas cuando más se ha visto potenciada esa mentira iniciada, básicamente, hace siglo y medio. No nos ha de extrañar lo más mínimo que esto haya sido así, pues no en vano nos hallamos sumergidos en lo que todas las doctrinas y textos Sapienciales de la Tradición denominaron como ´fase crepuscular´ del ya de por sí oscuro Kali-yuga al que se referían los textos védicos; Edad de Hierro hesiódica o Edad del Lobo según las sagas nórdicas. Julius Evola la calificó como la de la hegemonía del ´Quinto Estado´ (en el que se erige como protagonista un ´hombre fugaz´ variable hasta lo absurdo e insaciable en sus apetitos materiales) y autores como Marcos Ghio la han denominado como la ´Edad del Paria´.

En estos tiempos abisales que corren no nos ha, pues, de extrañar el que continuamente se nos esté hablando sobre el “paraíso homosexual” que, según los ´amigos de la mentira´, suponía la antigua Grecia. Se nos habla de ello en libros, en “revistas sobre historia”, en la televisión y se hace, además, aprovechando cualquier ocasión (aunque no venga mucho, o nada, al caso) para ahondar en el bulo y propagarlo aún más.

Bien nos dice el autor que al vivir en un tiempo en el que cualquier atisbo de virilidad es zaherido y atacado por patriarcal, “machista” y hasta ´fascista´ y, complementariamente a esto, todo signo de feminismo antinatura y de homosexualidad es ensalzado y promovido como deseable (hasta el punto de haberse provocado, en este estado de cosas, la proliferación gigantescamente anómala de congéneres nuestros que se declaran homosexuales) no falta nunca, por esta razón, quien aprovecha para contribuir con su sucio grano de arena al engrandecimiento de esta falsedad histórica.

Nos acerca, también, nuestro autor a la constatación de la existencia de ese tipo de visión mutilada de la realidad que es propia de muchos homosexuales en el sentido de que llegan a casi no concebir otra realidad que no sea la homosexual. Por este motivo creen ver gente de su condición sexual (según ellos, si no declarada al menos sí en estado latente…) en todo tipo de personajes (históricos o actuales) y en todo tipo de gente corriente. Y es que como reza el refrán “se cree el ladrón que son todos de su condición”.

Es tal la fortaleza que, en la actualidad, los homosexuales han desarrollado que se han constituido en un auténtico lobby de presión que, por el gran poder que detenta, acaba imponiendo muchas de sus propuestas, muchos de sus gustos, muchas de sus percepciones y muchos de sus montajes; como éste de la presunta extendida y preponderante homosexualidad en la antigua Grecia.

Nuestro autor nos señala el cómo antes que una sociedad eminentemente homosexual hemos de considerar a la griega antigua como justo lo contrario, pues aquella sociedad tuvo unos pilares institucionales y existenciales fuertemente viriles. Las ´sociedades de hombres´ constituyeron su pulso vital y su alma. Estas sociedades fueron de espíritu eminentemente guerrero y en ellas el elemento femenino (y lo feminizante) estaban ausentes en la vida pública. Se establecían, por ello, fuertes vínculos -viriles, obviamente- entre hombres que compartían milicia, así como entre veteranos y noveles y entre instructores y “reclutas” como si de maestros y discípulos se tratase. Las escuelas y academias de índole no militar también basaban las enseñanzas que en ellas se impartían en esta relación entre maestro y discípulo. Sólo las mentes enfermizas y la mirada distorsionada del enajenado y decadente hombrecillo moderno querrán ver otro tipo de relación, que por el tipo de sociedad de la que hablamos (viril), no tenía cabida.

Para desenmascarar el bulo este libro desmenuza diversos pasajes de la mitología griega, analiza citas de los clásicos griegos, nos recuerda el ofensivo vocabulario que se utilizaba contra los homosexuales en las comedias teatrales, relaciona las prohibiciones civiles de que eran objeto los que practicaban la homosexualidad (so pena, incluso, de poder ser ejecutados si no cumplían con ellas) o nos especifica cómo en Esparta el destino que deparaba para quien mantuviese relaciones homosexuales era el destierro o la muerte. Asimismo denuncia la manipulación burda del lenguaje que se ha realizado para traducir vocablos de textos clásicos (como del referido “El banquete”, de Platón), de manera que, p. ej., para lo que, referido al ´Batallón Sagrado´ o ´Banda Sagrada´ de Tebas, debería traducirse como ejército de ´maestros y alumnos´ se convierte, como por arte de magia, en ejército de ´amantes y amados´… o lo que debería ser ´muchacho´ se traduce como ´muerde almohadas…´.

Esta obra indispensable no delega, tampoco, el cometido de poner en evidencia a quienes han querido ver relaciones homosexuales en personajes capitales de la historia o de la mitología griegas, ya fueran hombres, héroes o dioses. Fulmina, sin dejar pábulo a ningún atisbo de duda, las ridiculeces vertidas entorno a emblemáticos duos como los formados por Aquiles y Patroclo, Apolo y el príncipe espartano Jacinto o Alejandro Magno y Hefestión.

Nuestro autor también aporta datos incuestionables basados en la más pura y elemental matemática, como aquéllos que hacen referencia a cantidades y porcentajes de escenas representadas en vasijas halladas de aquella época que pudieran dar pie a las fabulaciones de los ´amigos de la mentira´.

No falta tampoco, en este libro, un vapuleo contra la radical y sangrante deformación que se ha hecho alrededor de la realidad concerniente a la isla de Lesbos y a la academia que en ella fundó la poetisa Safo. Con este vapuleo el lesbianismo se queda también huérfano: sin uno de sus grandes mitos.

Muy acertadamente nuestro autor denuncia la ofensiva emprendida por el mundo moderno (a través de sus voceros y portaestandartes) para destrozar todo lo mucho que de elevado, ejemplar y formativo se puede rastrear en el mundo de nuestros ancestros con el deletéreo objetivo de dejarnos sin referentes ni raíces genuinos para así más fácilmente igualar -en lo superfluo y vanal- a unos pueblos con los demás y sumirlos en el más gregario y abyecto cosmopolitismo en el que, gracias a este siniestro proceder, se ha acabado, a día de hoy, por abocar a este autómata mundo desarraigado y globalizado en el que sus habitantes ya sólo se mueven bajo los impulsos incontrolables que provocan la sed insaciable del consumismo y el apego más primario a la realidad material.

El mundo precristiano -como en el que se inscribe la Grecia antigua- no reprobaba actividades, conductas o maneras de ser guiado por ese tipo de moralismo que en torno a la idea de pecado es consustancial a religiones como las del Libro, sino que la reprobación a actividades como las de la homosexualidad venía dada por lo que ésta supone de alteración de lo que dicho mundo precristiano consideraba la ´normalidad´. Normalidad entendida en el sentido de armonía social (que no era posible, a su atinado entender, en el contexto de las relaciones homosexuales). Y armonía social -y, por ende, política- que pretendía ser un reflejo (aquí abajo, en el microcosmos) de la armonía y el equilibrio que reina en el macrocosmos -en lo Alto.

Quizás no con la misma intensidad y semejante ahínco con que los ´amigos de la mentira´ se han cebado con respecto a la antigua Grecia pero sí por las mismas razones y con las mismas disolventes finalidades la antigua Roma ha sido también -y es- objeto de tergiversaciones similares a las denunciadas en este libro. Tenemos claro el que de haber podido existir episodios -en el transcurso de ambas civilizaciones- en los que las prácticas homosexuales no se hubieran topado con la reprobación social y/o política, estos episodios habrían, sin duda, correspondido a su ciclo de declive: a su período de decadencia; o al período de decadencia de alguna de sus etapas o, en el caso concreto de Grecia, de algunas de sus polis. Hablaríamos, así, de instantes concretos, puntuales y terminales que se hallarían en las antípodas de lo que ambas civilizaciones representaron. De todos modos, todavía estamos esperando a que nos muestren (sin mentiras) el que incluso en estos períodos decadentes la homosexualidad hubiese tenido carta blanca y hubiese contado con la aprobación pública y el reconocimiento general.

Y, repetimos, en el hipotético caso de haber existido momentos en los que la homosexualidad hubiese contado con el beneplácito de las sociedades griega y/o romana no habría más que aplicarle a los falsarios el mismo implacable argumento que se les podría espetar con respecto a la historia de, p. ej., países como España, pues ¿quién -con la misma desvergüenza manipuladora de los ´amigos de la mentira´- no podría, en un hipotético futuro en el que España no existiese como entidad política ni cultural, referirse a la historia de nuestro periclitado país en los mismos términos de ´paraíso homosexual´ -que nuestro autor, tan acertadamente, reputa como categóricamente falsos para la Grecia antigua- y quién no podría referirse a ella en estos términos echando mano del actual estado de cosas tan lamentable en el que existencialmente se encuentra este nuestro país y en el que, en efecto, los homosexuales ocupan un lugar de privilegio y sus prácticas sexuales son -nos atreveríamos a afirmar- alabadas y aun promovidas? Pero, ¿quién podría verter dichas afirmaciones obviando que esta anómala situación fue propia sólo de algunas decadentes décadas de la historia hispánica (¿tal vez las últimas de nuestra historia…?) y no fue propia de la mayor parte de ella?, pues, como botón de muestra, resulta ilustrativo al respecto el recordar las hogueras a las que eran destinados, en las plazas públicas, aquellos que en otras épocas practicaban la homosexualidad: la Plaza Mayor de Madrid fue testigo, por ejemplo a lo largo del s. XVII, de muchas de estas crueles cremaciones…

Pero mejor demos paso a la sustanciosa lectura de este libro.

Eduard Alcántara