BREXIT, las causas para la salida del Reino Unido de la Unión Europa

Sin duda serán variadas las razones por las cuales una mayoría de ciudadanos británicos decidieron, en fecha 23 de junio, que el Reino Unido abandonase la Unión Europea (British exitBrexit-: ‘británicos fuera’). A la hora de depositar su “no” en las urnas, entre tanto votante unos esgrimirían motivos diferentes a los defendidos por otros, pero sin duda unos argumentos resultarían más concurrentes que otros. Y, sin discusión, hubo uno que resultó determinante y no fue otro que el de pensar que con la negativa a continuar siendo miembro de la Unión Europea (U.E.) se detendrían (o al menos disminuirían) los flujos inmigratorios que tal Estado (como la mayoría de los miembros de la U.E.) ha sufrido y sigue sufriendo. Pues se vivía como una imposición, realizada por las instituciones rectoras de este organismo supranacional, el haber, p. ej., de aceptar cotas de “refugiados” provenientes de países en guerra, como, sobre todo, Iraq y Siria. La percepción, entre amplias capas de la población británica, de que el Reino Unido ya soporta, desde hace décadas, una excesiva cantidad de población alógena y la convicción, para más INRI, de que esta población, básicamente no europea, se hace con la inmensa mayoría de benefits (de ayudas) que las instituciones británicas otorgan han venido provocando una creciente preocupación hacia el tema de la inmigración. Es un hecho contrastable, no tan sólo en el Reino Unido (R.U.) sino en todos los países miembros de la U.E. (especialmente entre los occidentales), que el grueso de las ayudas sociales que en materia de educación -gratuidad de la enseñanza, becas para comedores, material escolar,…-, vivienda -adjudicación de pisos de protección oficial, ayudas económicas para el pago de hipotecas o alquileres o para el de las facturas de agua, luz y gas,…- o ayudas varias a la maternidad tienen a la población no autóctona como destinataria. Este agravio comparativo se percibe de manera más sangrante en épocas de crisis económica. Se palpa como una injusticia de difícil comprensión …y se palpa así en el R.U., pero también en Alemania, en Francia, en Bélgica, en Holanda, en Dinamarca, en Austria, en Suecia o en Grecia; se percibe de igual modo, pues, en el conjunto del ámbito comunitario europeo. En muchos de estos países ya existen elevados porcentajes de población que consideran o empiezan a considerar a sus gobernantes como, en el mejor de los casos, a alguien que ha hecho dejadez de funciones en cuanto a la defensa de los intereses de las gentes originarias (desde hace muchas generaciones) de dichos países. Los hay que consideran a su respectiva clase política dirigente como a simples peleles de las instituciones rectoras del ente comunitario europeo. (Habría que ver, nos preguntamos nosotros, si hasta estos mismos dirigentes de la U.E. no actúan al son de los dictados marcados por conciliábulos situados en las penumbras, e incluso en las sombras, del acaecer ordinario aparente. Habría que preguntarse si los Club Bildeberg, los Consejo de Relaciones Exteriores, los Comisión Trilateral, los Club de Madrid,… no se hallan tras las decisiones tomadas por el Consejo Europeo o la Comisión Europea. Habría, incluso, que indagar sobre qué colectivos o personas manejan realmente estas ‘ instituciones en la sombra’). Los ciudadanos de un país aspiran a que éste sea soberano y se sienten heridos en su orgullo y hasta en su dignidad si en su dirigencia política no ven más que a marionetas de poderes transnacionales. Una mayoría de británicos no quiere que se prolongue este status de sumisión y por eso, en gran medida, mostró su negativa, en las urnas, a que el R.U. siguiera siendo miembro de la ‘Europa de los 28’.

Es muy dable constatar que no sólo motivos de índole económico han empujado a tantos británicos a emitir un veredicto negativo en las urnas el pasado 23 de junio. No sólo la indignación ante el hecho de que la mayoría de ayudas sociales caigan en manos extranjeras o el enojo a que mientras tantos autóctonos no encuentran trabajo muchos foráneos o hijos de foráneos sí tienen un puesto de trabajo. No sólo, pues también muchos británicos en particular y muchos europeos en general parecen estar despertando de un largo letargo que les había, prácticamente, hecho olvidar sus anclajes con la tierra que les vio nacer, sus vínculos culturales con el país al que también pertenecieron sus antepasados, sus raíces, su identidad, su arraigo, su origen. Y este despertar les empieza a tomar conciencia de que su esencia, su idiosincracia, su cultura, su manera de estar en el mundo y entender la existencia e incluso la espiritualidad (para aquéllos que, en un mundo tan relativista y materialista, todavía no le han dado la espalda a ella) no sólo contrastan sino que hasta chocan con el ser de los hombres venidos allende de Europa. Es más, su esencia, su talante y su modus vivendi se hallan incluso en las antípodas del ser y del actuar del paquistaní, del magrebí, del subsahariano o del jamaicano que habita en su mismo suelo. Este incipiente despertar les empieza a ser capaces de ver que su identidad en particular -como persona- y la de su país en general se hallan en serio peligro de extinción si el crecimiento de la población alógena continúa al ritmo de las últimas décadas; ritmo que se debe a dos factores: los flujos inmigratorios que no cesan y el mayor índice de natalidad que tienen en comparación con el de la población originaria del país.

Ante estos peligros tan flagrantes han surgido, a lo largo y ancho del territorio europeo, plataformas, entidades y partidos políticos que han alzado la bandera de la defensa de la identidad y de la no desaparición, no sólo cultural sino hasta física, de la realidad autóctona y han ido creciendo en apoyo social y en apoyo en los comicios electorales. Algunos de estos partidos hace ya décadas que fueron fundados pero su crecimiento se ha hecho más patente en los últimos años. Unos son más conscientes, y otros menos, de dónde hay que retrotraerse para identificar el/los verdadero/s agente/s y/o instituciones y cenáculos que se hallan detrás de toda esta trama que porfía por debilitar -en su conciencia, en sus valores y hasta en su misma supervivencia física- el tejido humano original de cada nación. Otros partidos son menos conscientes de cuáles son estas causas últimas, pero todos suponen un intento, cada vez más serio, de frenar el declive de Europa. Los hay con bases doctrinales sólidas y nítidos planteamientos (como Amanecer Dorado en Grecia o Jobbik en Hungría), los hay más atemperados (como el Front National en Francia, el Partido de la Libertad en Austria, la Lega Nord en Italia, el Vlaams Belang en la Bélgica flamenca o Alternativa por Alemania) y los hay con bases doctrinales que en ocasiones interfieren con las del nefasto liberalismo (que es uno de los motores del actual proceso antiidentitario mundialista), tales como el Partido por la Libertad en Holanda, el Partido Popular de Dinamarca, Demócratas de Suecia, Verdaderos Finlandeses o el UKIP en el R.U.; o, fuera de los países miembros de la UE, la Unión Democrática de Centro, en Suiza. Pero todos ellos con fuerte implantación y altos réditos electorales, frutos, ambos, del cada vez mayor descontento de la población europea hacia el proceso de laminación cultural y étnica que el mundialismo, siniestramente o por inercia disolvente, está llevando a cabo (y no sólo en Europa sino a escala mundial).

Este sector de la población europea que despierta del largo sueño de las “bienaventuranzas” de la filosofía del ‘ciudadanos del mundo’, del mestizaje cultural y físico, del melting pot de lo indiferenciado, del cosmopolitismo homogeneizador de las riquezas de un mundo múltiple y de la globalización que no entiende de identidades no percibe -ese sector de la población europea- una amenaza, p. ej., en el hispanoamericano que, con una cultura muy cercana a la europea y con -incluso- antepasados arribados a América desde el Viejo Continente, se ha instalado en Europa, sino que percibe un serio peligro en el musulmán irreductible a cualquier otra cultura (e incluso agresivo hacia ella) o en otras gentes tan alejadas del talante, del sentir, del palpitar y hasta de los tempos vitales propios de las gentes de Europa. Este sector de la población europea ha podido constatar la evidencia de que ciudadanos con la nacionalidad propia del país en el que residen y que son incluso de 3ª generación (esto es, que fueron sus abuelos los que desde fuera de Europa inmigraron hacia el Viejo Continente) siguen sin integrarse en el mismo y, es más, muestran un rechazo al país en el que viven que no manifestaron, en su momento, los padres de sus padres.

Sin duda, la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de este sector concienciado de la población europea ha sido la de la presente crisis de los “refugiados”, pues se hacen difícil de digerir nuevos flujos masivos de población (sólo en Alemania alrededor de un millón durante el último año), que además es mayoritariamente de credo musulmán (los “refugiados” cristianos cruelmente perseguidos en Siria y en Iraq, por el Estado Islámico representan un porcentaje ridículo), que han sido rechazados por los más cercanos -geográfica y confesionalmente- países del Golfo Pérsico (Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos,…) y que han sido -y son- un coladero de terroristas del ISIS con intenciones de atentar en Europa (como ha ocurrido ya en casos como los de los atentados de París en noviembre de 2.015).

Ante este estado de cosas, ¿alguien se sorprende todavía del reciente resultado del referéndum británico?

Eduard Alcántara

eduard_alcantara@hotmail.com

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