EL ESTADO DE LA NACIÓN ESPAÑOLA

Otrora un faro para buena parte del globo resulta patético el papel de comparsa que la nación española asume en los aconteceres mundiales de hoy en día. Sea como fuere no se trata de ningún status de carácter excepcional éste propio de España en el concierto de las naciones de nuestro orbe sino que representa la norma general, pues se baila, generalmente, al son que tocan los Estados Unidos de América. Unos EE.UU., por otro lado, cuya dirigencia política no está al servicio de su pueblo ni le representa sino que es fiel cumplidora de los designios trazados por su lobby financiero; especialmente desde que su competencia monetaria fue privatizada en 1.913 con la creación de la Reserva Federal. Como, repetimos, España no es un rara avis en estos menesteres de política exterior no es en ellos en los que nos vamos a detener sino en los de sus asuntos, trasiegos, situaciones y devenires internos. No obstante lo cual no se vaya nadie a pensar que lo que ocurra en el solar hispano vaya a ser sustancialmente distinto de lo que suceda en los otros países del llamado Occidente …menos aún en pleno apogeo de la globalización y del mundialismo.

¿Cuáles son los principales azotes que padece en la actualidad nuestra sufrida patria? Pues, quizás, para empezar a otear, primero, y analizar, después, cuáles son no estaría mal el remitirnos a una cita que allá por los convulsos años ’30 de la pasada centuria rubricó José Antonio Primo de Rivera cuando señalaba que “España ha venido a menos por una triple división, por la división engendrada por los separatismos locales, por la división engendrada entre los partidos políticos y por la división engendrada por la lucha de clases”. Repasemos, pues, las palabras del fundador de la Falange como punto de referencia para abordar nuestro análisis sobre la situación de España.

En un anterior escrito ya tratamos el caso del sangrante separatismo existente en un sector de la población catalana, sus causas, su devenir, sus protagonistas y sus arteras manipulaciones demagógicas tanto en materia económica como en histórica. Por desgracia este mal casi ya endémico afecta a más porciones del territorio español. Más conocido es el enquistado en las Provincias Vascongadas y no tan conocidos son otros -eso sí, en menor proporción- como el del caso gallego o el navarro. Y aunque en menor escala también encontramos esta pandemia secesionista entre sectores de las Islas Baleares, de la Comunidad Valenciana y hasta en la cuna -Asturias- de la Reconquista cristiana del territorio que durante casi ocho siglos ocupó el Islam allá en la Edad Media. O en la mismísima Castilla (Izquierda Castellana) o en Andalucía (Andalucía Nación) encontramos colectivos (eso sí, minoritarios) que bregan por la ruptura con el resto de España. No nos vamos a detener en los motivos de este carrusel separatista pues son, en parte, extrapolables (en sus razones de fondo, no de forma ni de especificidades) a los explicados en el artículo dedicado al caso catalán.

Obvio resulta que esta “división engendrada por los separatismos locales” a la que aludía José Antonio está, por desgracia, plenamente vigente.

¿Y qué decir acerca de “la división engendrada entre los partidos políticos”? Pues, señalar que desde la restauración, en la segunda mitad de los años ’70 del siglo XX, de la partitocracia liberal a España le ha sucedido lo mismo que a cualquier otro país en el que se dé este sistema inorgánico de representación …es decir, le ha sucedido otro tanto que a la inmensa mayoría de las naciones de nuestro planeta: se han acabado de desestructurar y descohesionar socialmente (si ya no lo estaban por venir algunos del comunismo, al que en algún paradigmático caso, como el de Rusia, habían llegado directamente desde una sociedad de tipo no liberal). Cuando los cuerpos intermedios de una sociedad (gremios, hermandades, cofradías, colegios profesionales,…) han dejado de existir -y el vacío dejado sólo es ocupado por los partidos políticos- su tejido social desaparece para dar paso a un tipo de sociedad individualista, atomizada, egoísta, despersonalizada y fácil pasto de las tropelías, abusos, injusticias y arbitrariedades del “libre mercado” y de los intereses económicos de la alta finanza, de los oligopodios, de las multinacionales, de los trusts, de los monopolios y de la legislación aprobada -con el objeto de servir a los intereses de todos estos grupos fácticos de presión- por la clase política dirigente sumisa y títere de esos centros y núcleos de poder.

Las consecuencias de la dinamitación de los remanentes que pudieran quedar de las antiguas Sociedades Tradicionales son múltiples y variadas y van desde la alienación mental de la persona vaciada de tradición, de raigambre, de cometido social y de identidad, siguiendo por su fácil instrumentalización y manipulación al servicio de la economía de producción y consumo, continuando por la pérdida de sus específicos derechos sociales y civiles (que otrora detentaba al ser parte integrante de alguno de los cuerpos intermedios citados), pasando por la desestructuración del conjunto de la sociedad, continuando por el quebrantamiento de la armonía social provocado por las rencillas, odios, resquemores, banderías y rencores originados por los partidos políticos en disputa insolidaria y continua entre ellos y acabando por la inoperancia y la falta de resultados provechosos para la comunidad que provocan unas dinámicas electorales que acarrean, por ejemplo, la eliminación de las obras llevadas a cabo por el anterior partido en el poder; obras siempre de poco alcance y aun más de menor envergadura e importancia estratégica dado que se trata de que puedan finalizarse antes de que acabe una legislatura para poder, así, “venderlas” al electorado y publicitárselas como reclamo para obtener su voto.

La tercera división que al decir de José Antonio había provocada la venida a menos de España aludía a la “engendrada por la lucha de clases”. Lo que toca advertir al respecto es que, en efecto, en la década de los convulsos años ’30 del s. XX en los que el problema fue denunciado por el primer Jefe Nacional de F.E. la lucha de clases resultaba terriblemente descarnada en España hasta el punto de convertirse en una de las principales causas que provocó la Guerra Civil (1.936-39), pero no es el caso en los tiempos que corren, pues, para empezar, la clase obrera hace mucho que desistió de cualquier tentativa revolucionaria, no por desesperanza en que pudiera triunfar sino porque sucumbió a los cantos de sirena del consumismo en el que se sustenta el capitalismo liberal y aspiraron (y aspiran) sus miembros a formar parte de la clase burguesa y/o porque sencillamente el obrero fue adormecido (y así sigue como, por otro lado, el resto de clases sociales) con los estupefacientes -en forma de entertainment, de espectáculos de masas y de tele basura varia- que le suministró (y sigue suministrando en modo creciente) el Sistema.

En todo caso cabría añadir una cuarta división que no existía en época del insigne e incomparable José Antonio: a saber, la motivada por la irrupción masiva, desde hace un par de décadas, de población alógena en suelo hispano. Millones de inmigrantes que en nada se identifican con las esencias de España y que nunca remarían al unísono en un proyecto común que aglutinara al pueblo español. No hablamos de esas gentes provenientes de países como Argentina o Uruguay (de pasado europeo más o menos remoto) que ni antropológica ni culturalmente resultan disímiles al ser de España. Éstos se suelen integrar -sin renunciar a su orgullo de ser argentino o uruguayo- de modo natural en nuestro país. Nos referimos, por contra, a poblaciones venidas de otros confines y latitudes que en unos casos difieren del sustrato antropológico del español medio y, por ello, sus usos, sus pulsiones y sus ritmos vitales colisionan con los de la población autóctona o nos referimos, todavía más, a gentes que ya no sólo étnicamente sino ni tan siquiera religiosamente -y, por ende, culturalmente- presentan puntos en común con lo que desde siglos profesó espiritualmente el habitante de la Península Ibérica. Más de un millón setecientos mil musulmanes viven en España. Proceden de países como Marruecos, Argelia, Senegal o, entre otros muchos, Paquistán. La cifra irá en aumento por su alta tasa de natalidad y por los incesantes flujos inmigratorios. En muchos lugares su influencia se está ya dejando notar: hay centros escolares en los que no se sirve comida procedente del cerdo para no entrar en conflicto con los hábitos alimenticios de los escolares musulmanes o en los que no se celebra la Navidad para no “discriminar” a este tipo de alumnos. En bastantes municipios el alumbrado con motivos navideños ha dado paso a un tipo de alumbrado neutro… En fin, que esta cuarta división está relegando al ostracismo lo que aún pudiera quedar de esperanza de restitución de nuestro país.

Sea como fuere a la arribada masiva de inmigrantes se suma el depauperado, alienado y disoluto español de origen. Guiñapo pergeñado, tras décadas de infame labor de ingeniería social, desde las instancias del poder, desde los mass media, desde las terminales “culturales” del Establishment y desde el Sistema “Educativo” y que, como muestra un botón, ha hecho de España el ostentar el “honor” de ser el líder mundial en consumo de cocaína, cuadruplicando, a su vez, la tasa de consumo de la media de la Unión Europea. Igualmente resulta harto significativo del desconcierto social que se padece el que cada año se produzcan más de 100.000 rupturas matrimoniales. Y resulta aterrador el saber que desde 1.985 se han practicado más de 2.000.000 de abortos.

En fin, que el estado de la nación española es el de un paciente que se encuentra más que enfermo… ¡en estado casi terminal!

EDUARD ALCÁNTARA

eduard_alcantara@hotmail.com

 

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